2.1.-Fisiopatología del cloro

El cloro es el anión más abundante en el líquido extracelular. Tiene la capacidad de entrar y salir de las células junto con el sodio y el potasio o combinado con otros cationes mayores como el calcio. Su carga negativa le permite asociarse habitualmente al sodio y que así sea el co-responsable de mantener la osmolalidad sérica y el balance hídrico. Su utilidad fisiológica también se establece en mantener el ambiente ácido gástrico mediante la secreción en forma de ácido clorhídrico, la colaboración en el transporte de dióxido de carbono en los hematíes y la formación del líquido cefalorraquídeo.

Los niveles séricos normales de cloro se sitúan entre los 96 y 106 mEq/L, mientras que en el interior celular se halla en torno a los 4 mEq/L. Los requerimientos diarios de cloro para un adulto son de 750 mg, proviniendo su aporte sobre todo de los alimentos salados, frutas y vegetales, carnes procesadas y vegetales enlatados. El cloro ingerido es absorbido casi totalmente en el intestino (aparece una escasa cantidad en las heces) y se elimina por el sudor y sobre todo en el estómago como ácido clorhídrico.

Sus niveles suelen estar regulados por aquellos procesos que afectan al sodio, asociándose los cambios de uno a modificaciones del otro. Así, la aldosterona puede aumentar la cloremia toda vez que en los túbulos renales induce la reabsorción activa de sodio y pasiva de cloro, que acompaña al sodio. De igual forma, el balance ácido-base influye en los niveles de sodio de forma que el cloro es reabsorbido y excretado en proporción inversa al bicarbonato: si existe hipocloremia, los riñones retienen bicarbonato para mantener el pH sérico y producen consecuentemente una alcalosis metabólica. En sentido contrario, la hipercloremia conduciría a una acidosis metabólica merced a la eliminación renal de bicarbonato.